
Las Amistades son mejores que las relaciones de Pareja para la Salud Mental
¿Las Amistades son mejores que las relaciones de Pareja para la Salud Mental?
Las amistades superan al amor romántico en salud mental y bienestar, según un estudio.

Mientras las canciones y películas nos repiten que el amor romántico es la máxima fuente de felicidad, un estudio de la Universidad Estatal de Michigan pone el foco donde pocas personas lo han buscado: en el poder terapéutico de las amistades. Tras un estudio longitudinal siguiendo a 2812 personas durante 24 años, los datos han revelado un hallazgo contraintuitivo: tener amigos íntimos reduce los síntomas depresivos un 33% en la mediana edad, mientras que iniciar una relación amorosa aumenta la depresión un 22%.
El estudio demuestra que las amistades actúan como un antidepresivo social acumulativo; su beneficio crece año tras año y década tras década. Sin embargo, el amor romántico muestra efectos volátiles; protector en relaciones estables de adultos, pero factor de riesgo en adolescentes y nuevos compromisos. Es como comparar la vitamina C con la cafeína: una fortalece a largo plazo, mientras la otra da un subidón fugaz.
Estos hallazgos desafían las narrativas culturales instaladas. ¿Y si la verdadera “media naranja” para la salud mental no fuera una pareja, sino un círculo de amigos sólido? La ciencia ahora tiene datos que nos pueden ayudar a replantearnos cómo priorizamos nuestros vínculos.
El efecto psicológicamente protector de las relaciones
Las relaciones sociales actúan como amortiguadores emocionales, pero su impacto varía en función del tipo de vínculo que mantengamos con cada persona. Estudios previos confirman que la soledad puede aumentar hasta un 50% el riesgo de desarrollar depresión, pero este fenómeno tiene matices cruciales al comparar amistades y relaciones románticas.
Las amistades funcionan como una red de seguridad distribuida: permiten compartir cargas emocionales sin exigir exclusividad en ellas. Según la psicología evolucionista, este modelo de relación flexible se asemeja a las alianzas cooperativas de nuestros ancestros, en los que la supervivencia dependía de grupos cohesionados pero no jerárquicos.
En contraste, las relaciones de pareja suelen estructurarse como apuestas emocionales centralizadas. La presión social por idealizar el romance, visible en el 78% de las películas que lo presentan como la solución vital a la mayoría de los problemas adultos, genera expectativas desproporcionadas. El autor del estudio, Junwen Wu, explica que comparar ambos tipos de relaciones implica similaridades concretas relativas a toda relación social, pero con una intencionalidad, compromiso y desarrollo muy diferentes.
Desde los años 90, diferentes investigaciones han alertado sobre riesgos específicos en adolescentes: iniciar relaciones románticas antes de los 18 años correlaciona con un aumento del 30% en síntomas depresivos, según meta-análisis de la Universidad de Stanford (2022). La inmadurez emocional y la tendencia a aislarse de amigos exacerban este efecto.
Sin embargo, la ciencia había subestimado dos factores clave hasta ahora: por un lado, el efecto acumulativo de las amistades, cuyo beneficio crece exponencialmente tras los 25 años de edad. Por otro lado, la paradoja del romance adulto, que defiende que aunque en la mediana edad las parejas estables reducen la depresión, el inicio de nuevas relaciones siempre genera estrés inicial.
¿Cómo se realizó el estudio?
Este estudio destaca por ser el primero en el que se han analizado tanto amistades como romances simultáneamente durante 24 años, superando las limitaciones de investigaciones previas que los estudiaban por separado. Desde 1994, 2812 adolescentes estadounidenses aceptaron ser observados a lo largo de los próximos 24 años. Este grupo diverso, con más mujeres que hombres, mayormente blancos no hispanos pero de distintos niveles socioeconómicos, se convierte en el “reality show” científico más extenso sobre relaciones humanas.
Los investigadores entrevistaron a toda la muestra en tres momentos temporales clave. En un primer momento, se recogieron datos relativos a sus primeras amistades y romances escolares durante la adolescencia temprana, entre los 15 y 16 años. La segunda recogida de información fue durante la transición a la adultez, en torno a los 28 años, analizando cómo sobreviven las relaciones a los estudios universitarios y los primeros trabajos. Finalmente, con la madurez establecida, a los 38 años, evaluaron el impacto de divorcios, paternidad y carreras consolidadas.
En cada medición del estudio se aplicó un test de depresión validado (CES-D): 10 preguntas clave sobre tristeza, apatía y autoestima en la última semana. Este test es considerado por los propios autores como una “radiografía emocional instantánea”. El diseño longitudinal permitió detectar patrones no verbalizados externamente. Por ejemplo, al cruzar datos de un participante que a los 16 reportó “novia + 3 amigos” con sus respuestas a los 38 (“casado + 1 amigo”), se identificó cómo los vínculos evolucionan. El estudio incluso ajustó variables como educación parental y estructura familiar para filtrar “ruido estadístico”.
Esta continuidad única reveló un hallazgo aparentemente contraintuitivo: el 63% de quienes priorizan parejas en la adolescencia tuvieron más depresión adulta que quienes mantuvieron amistades sólidas.
Hallazgos clave
El estudio revela una dicotomía emocional entre ambos tipos de vínculos, con patrones que evolucionan desde la adolescencia hasta los 38 años. Estos son los descubrimientos más reveladores:
1. Amistades: amortiguador constante
Por un lado, las amistades mostraron tener la capacidad de reducir progresivamente los síntomas depresivos. En la adolescencia, tener amigos suponía un 18% de menores probabilidades de desarrollar síntomas depresivos frente a quienes no tenían amigos íntimos, que sube al 27% en la adultez joven, y al 33% en la mediana edad. Además, las amistades demuestran tener un efecto acumulativo. Cada década de amistades sólidas reduce un 11% adicional la probabilidad de depresión clínica. Es importante tener en cuenta la universalidad de estos resultados, ya que estos beneficios se mantienen independientemente del estado civil, género o nivel educativo de las personas participantes.
2. Relaciones románticas: paradojas evolutivas
Entre los resultados más interesantes destaca el inicio traumático de las relaciones románticas. Comenzar una relación nueva aumenta temporalmente los síntomas depresivos en un 22%, un efecto similar a perder tu empleo, según los datos de este estudio. Estos resultados son variables en función de la edad. Los adolescentes con pareja mostraron un 30% de mayores síntomas depresivos que sus pares solteros. En adultos jóvenes, este impacto se encontró más neutro, sin una variación significativa, mientras que en la mediana edad, las relaciones estables reducen los síntomas en 15%. Por último, debemos destacar la brecha de género: las mujeres experimentaron un 40% más estrés inicial al iniciar relaciones que los hombres.
3. Datos contraintuitivos
Algunos resultados encontrados en este estudio son llamativos por su inseparabilidad. El 63% de quienes priorizaron a las parejas sobre los amigos en la adolescencia desarrollaron depresión moderada antes de cumplir los 30 años. Además, tener un amigos íntimo reduce más el riesgo depresivo que estar casado sin amigos (28% frente al 19%). Por otro lado, según el estudio, las rupturas amorosas solo tienen un impacto negativo si coincide con etapas vitales de aislamiento social.
El amor romántico parece entenderse como un arma de doble filo: de una forma controlada y con una red de apoyo además de la relación puede funcionar, pero sin todas estas medidas protectoras, se tambalea. El hallazgo más sorprendente tiene que ver con el inicio de las relaciones amorosas: a cualquier edad, iniciar una relación nueva genera estrés emocional comparable al primer mes de maternidad o paternidad.
Sin embargo, existe una excepción clave: las relaciones que surgieron de amistades prolongadas, más de 20 años, mostraron un 18% menos de síntomas depresivos que los romances impulsivos. Esto sugiere que la base de amistad previa actúa como colchón ante conflictos. Los resultados cuestionan narrativas culturales: mientras el cine retrata el amor como una cura milagrosa, la ciencia muestra que las amistades son el antidepresivo social más estable a largo plazo.
Implicaciones prácticas
Los hallazgos de Hu desafían el guión cultural que prioriza el romance sobre las amistades. Estas son las recomendaciones clave según grupos de edad:
1. Adolescentes
Durante la adolescencia, es importante fomentar círculos sociales diversos en lugar de generar relaciones románticas tempranas e inseguras. Por ello, debería implementarse la educación emocional que valore las amistades como un “entrenamiento relacional” antes de buscar comenzar una relación amorosa. Un ejemplo práctico sería la creación de programas escolares que promuevan actividades grupales colaborativas.
2. Adultos jóvenes
Según el estudio, durante la adultez joven es positivo mantener al menos dos o tres amistades íntimas al iniciar una relación de pareja. Sin embargo, es importante evitar dejar de lado a las amistades una vez se inicia una relación amorosa, potenciando el apoyo social que estas nos dan. Como dato útil, quienes conservan amigos de la adolescencia tienen un 40% menos de estrés en las rupturas amorosas que enfrenten durante su vida.
3. Mediana edad
Incluir redes de amistad en terapia de pareja se ha visto como una opción muy valorada. Así, el 68% de conflictos conyugales parecen solucionarse mejor con apoyo externo; el apoyo de las amistades en los problemas amorosos tiene la posibilidad de reducir en un 22% la tensión romántica.
Conclusiones
Los datos son contundentes: las amistades superan al amor romántico como escudo anti-depresión a largo plazo. Mientras los vínculos de pareja exhiben efectos volátiles, especialmente en relaciones nuevas en las que el estrés inicial aumenta síntomas depresivos, las amistades ofrecen protección emocional creciente desde la adolescencia hasta la mediana edad. La lección es clara; dedicar tiempo y esfuerzo a las amistades no debe entenderse como un plan B, sino como una red de seguridad que nos acompaña a lo largo de nuestra vida y lo que enfrentamos en ella.