Cómo nuestro bienestar influye en la relación de pareja

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El “yo” en el “nosotros”: cómo nuestro bienestar influye en la relación de pareja

Los vínculos amorosos reflejan nuestras heridas internas, miedos y carencias.

El yo en el nosotros

Cómo pensar la vida en pareja si previamente no realizamos un trabajo individual, un trabajo de elaboración que solo nos corresponde a cada uno de nosotros.

Si no podemos caminar solos e independientes, será muy complejo caminar al lado de otro sin proyectar en él todas esas cuestiones irresueltas de nuestra vida.

Estar bien con nosotros mismos para estar bien con los demás

En los espacios terapéuticos es muy frecuente escuchar el gran temor a estar solos. Muchas pacientes van pasando de una historia a otra, buscando llenar los vacíos internos.

¿Cómo podemos estar en pareja con alguien más si antes no nos encontramos con nuestros propios caminos, si no curamos nuestras heridas, nuestras ansiedades, nuestros miedos a la soledad?

Tantas veces he observado que quedarse al lado de alguien no tiene que ver con el amor, sino con ese espacio donde se despliegan infinitas cuestiones propias. Solo el reflejo que el vínculo devuelve marca el inicio del verdadero camino. Sí, todo aquello que manifiesto en mi pareja me pertenece, me es propio.

En el comienzo de una relación, llamado también enamoramiento, todo es maravilloso. Percibimos desde nuestros gustos, desde lo que idealizamos en nuestra persona, desde lo que queremos mostrar. Nos enamoramos de las coincidencias que tenemos con alguien. Estas son aquellas cosas que amamos y nos gustan de nosotros mismos, siendo este el momento más irracional y pasional que se apodera de nuestro ser. En ese período, todo es emocional y no existe razón que interceda. Aparece esa extraña sensación de completud que nos envuelve por completo.

La desconexión de la realidad es tal que no se la observa de modo objetivo; todo tiene un tinte de ilusión, de fantasía. Esta etapa finaliza al cabo de un tiempo. Poco a poco los velos comienzan a caer y damos paso a la siguiente etapa: mirar al otro con mayor claridad.

La realidad, antes cubierta por emociones, empieza a revelarse en la forma en que justamente no podíamos verla: tal y como es.

Sanando juntos

Y de pronto, lo real se hace presente para ambos. Comienzan a molestar cosas que antes no molestaban, porque son aquellos aspectos que están inconscientemente en mí y que todavía no estoy listo para sanar, aunque sí puedo verlos reflejados en el vínculo. Así pasamos de la pasión irracional del enamoramiento al amor que, con trabajo y compromiso, se podrá construir.

Cuando la unión con alguien se da desde el temor a la soledad, la relación no tendrá un buen pronóstico. Ese temor, en algunas personas, genera mucha ansiedad. Es más fácil, en apariencia, responsabilizar al otro de los dolores, frustraciones y heridas propias sin sanar. Identificarlos en uno mismo exige replanteos y nuevos caminos, lo que implica atravesar procesos de cambio. Sin embargo, es ese proceso el que nos permite acercarnos a lo que realmente nos pasa.

Comprender que cada integrante del vínculo afectivo debe sanar lo propio es la principal tarea para luego construir una relación sana para ambos. El camino debería empezar por el replanteo personal y, desde ahí, decidir si quedarse o no en el vínculo. Intentar moldear a alguien según nuestro deseo y necesidad no es un pedido justo para ninguna de las partes.

Debemos asumir que no hay pareja sin conflicto ni crisis, que no existe una pareja perfecta o ideal. Creerlo es una ilusión infantil. Es frecuente escuchar en terapia comparaciones con otras historias, con otros modelos de relación. Sin embargo, cada vínculo es un mundo, y no existe relación sin conflictos o crisis en algún momento del camino. Estas crisis pueden abrir o cerrar posibilidades entre ambos, siempre que exista la disposición para verlas y construir nuevos acuerdos.

Cuando no tenemos confianza en nosotros mismos, cuando no trabajamos en nuestra autoestima, cuando el miedo a estar solos se instala con fuerza y nuestras heridas infantiles siguen abiertas, inevitablemente proyectaremos todo eso en nuestras relaciones.

La amenaza de la proyección

En los vínculos con los demás. Sin embargo, esas relaciones jamás serán responsables de lo que nos sucede a nivel interno, pues todo está relacionado con nuestra historia de vida y nuestras familias de origen.

Por ello, en el caso de las parejas, estas funcionan como espejos. La imagen que nos devuelven suele mostrar aquello que no toleramos en nosotros mismos. Es fundamental que este recorrido comience desde lo individual, porque solo así podremos construir un « nosotros » genuino.

El intento de « domesticar » al otro, consciente o inconscientemente, es frecuente en relaciones con altos niveles de dependencia emocional y toxicidad. En estos casos, cuando uno de los integrantes intenta salir de ese lugar, surgen grandes conflictos.

Las parejas forman engranajes. Un movimiento, una acción, un rol ensamblan a la otra parte, y así se estructura una dinámica entre ambos. Cuando una de esas piezas simbólicas se rompe o cambia, es necesario reprogramarla, algo que no siempre se logra.

A lo largo de la vida, atravesamos distintas etapas. En la pareja, estas no siempre coinciden entre ambos. Por eso, los acuerdos deben restablecerse con frecuencia. Si la posición de uno cambia, también lo harán ciertos aspectos del vínculo. En algunos casos, la separación se convierte en el camino más sanador, cuando no se logra el acuerdo necesario para continuar.

Al inicio de una relación, se construye una estructura con códigos implícitos o explícitos entre ambos, en función de sus historias de vida. Es fundamental revisar estos códigos con el tiempo, ya que cada persona evoluciona a su propio ritmo.

Cuando uno de los integrantes de la pareja cambia su posición subjetiva, el otro puede desestabilizarse, sin comprender el motivo de la transformación. La dependencia emocional es apoyarse y necesitar del otro hasta el punto de perder la propia identidad. Se está pendiente de sus movimientos, horarios, vida, hasta el punto de descuidar la propia.

El conflicto como manifestación de ese malestar

Las relaciones con altos niveles de demanda afectiva suelen estar marcadas por los celos. En pequeñas dosis, los celos pueden alimentar el interés en la pareja, pero cuando se desbordan, generan desgaste emocional y distorsionan la realidad.

Los celos reflejan inseguridad propia y falta de confianza. Si se pierde a alguien por un temor infundado, tal vez nunca valió la pena intentar retenerlo. El problema surge cuando los celos se vuelven crónicos. La sensación de posesión sobre el otro genera sufrimiento, reproches y peleas. Se instala una dinámica en la que cualquier detalle puede desatar una discusión interminable.

Quien cela vive marcado por su inseguridad. Son patrones de comportamiento adquiridos en la infancia, que deben revisarse y modificarse para evitar el sufrimiento propio y el del otro.

Conclusiones

La terapia ayuda a madurar, a ordenar, a procesar. Pero solo si la persona está en su tiempo interno para hacerlo.

Cuando aprendemos a amar desde una posición adulta, el amor se vive desde un lugar más sano, con respeto y sin posesión. El otro no nos pertenece; simplemente nos acompaña en nuestro camino, a su propio ritmo y con sus propios tiempos.

Las relaciones son oportunidades de aprendizaje y crecimiento. La manera en que nos comunicamos, la claridad y la escucha activa nos permiten alimentar el vínculo día a día y expandir nuestras posibilidades de desarrollo personal.

El objetivo es construir un « nosotros » sin perder la individualidad. La clave es incluirse mutuamente sin fusionarse, porque ahí es donde surgen los desequilibrios.

Es un acto de valentía enfrentarse a ese niño asustado que llevamos dentro, darle espacio y permitirnos vivir desde la adultez. Solo así podremos respetar nuestra libertad y la del otro. El amor sano no es dependencia, es elección. Es caminar juntos, pero sin ataduras.

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